La biblioteca escolar Nuevo Roble en Puntas de Manga celebra diez años de existencia, consagrada a partir de un proyecto de extensión estudiantil de la Licenciatura en Bibliotecología de la Facultad de Información y Comunicación (FIC).

Gráfica: en letras azules sobre fondo blanco dice: Biblioteca Nuevo Roble, una década de lecturas en Puntas de Manga.

El camino se había hecho largo. Es probable que lo recordasen más corto porque en sus épocas de estudiantes hacían ese viaje con mayor periodicidad. Hace diez años, ir los sábados al barrio Puntas de Manga se había vuelto prácticamente una rutina para Leandro Placeres, Judith Varela, Vanina Inchausti, Nicolás Acha, Eugenia Rodríguez y Maximiliano Rodríguez, quienes como estudiantes de Bibliotecología llevaron adelante la inauguración de la biblioteca Nuevo Roble en la escuela número 230 “Benita Berro de Varela”, que ahora festeja una década de existencia.

En diálogo con la Unidad de Comunicación (UC) de la FIC, Maximiliano Rodríguez, actualmente docente en el Instituto de Información, ubicó el origen del proyecto en la unidad curricular Bibliotecas Escolares, que lo llevó a visitar la escuela donde hizo sus últimos años de educación primaria. La tarea principal era realizar el diagnóstico de la biblioteca que había allí. Como en tantas otras escuelas del país, no halló una biblioteca, sino más bien un salón con cajas llenas de libros. Aquella realidad era algo esperable ya que, según comentó, “en Uruguay las bibliotecas escolares no están institucionalizadas” y aquellas que tienen un espacio de biblioteca lo realizan por iniciativa propia, pero revisarlas y reformularlas “es una cosa emergente”, apuntó.

Lo que sí encontró fue un real interés desde la escuela por tener un espacio donde las niñas y los niños pudieran buscar libros de su interés para sentarse y sumergirse en el mundo de la lectura. Según Rodríguez, estos factores generaron “la tormenta perfecta para poder hacer un proyecto de extensión”, por lo que le planteó la idea a sus compañeros y juntos presentaron el primero de dos proyectos de extensión que los llevaría a inaugurar la biblioteca. Ser entrevistados por medios locales e internacionales, recibir premios, e incluso viajar al exterior para hablar sobre su experiencia, fue parte de la cuestión, aunque lo más importante fue que el proyecto los dejaría enlazados con una comunidad que diez años después, les sigue agradeciendo su involucramiento.

Escuela y extensión universitaria

“En esos cuatro meses nosotros aprendimos bien lo que era el concepto de la extensión” aseguró el docente, señalando que como estudiantes no tenían “mucha idea” de qué se trataba la extensión universitaria. Contó que al principio lo veían como “una cuestión más instrumental” definiendo objetivos como inventariar, ordenar y limpiar libros, reacondicionar el espacio pintando paredes y generando el mobiliario para la biblioteca. 

Para llevar adelante esas tareas se sumaron voluntariamente padres y madres de la escuela, docentes y también otras personas de la comunidad que los veían trabajando los sábados en el centro educativo. Esas instancias, sumado a la participación de los entonces futuros bibliotecólogos en festivales de la escuela y en otras actividades, fue generando un intercambio que influyó directamente en el proyecto original. “Tuvimos que replantear los objetivos para que tuvieran más que ver con la demanda planteada por la comunidad que recibía la biblioteca” recordó Rodríguez y señaló que allí empezaron a entender “que la extensión implica eso, un diálogo de saber con la comunidad y construir ciertos lazos con esa comunidad para poder armar una biblioteca que reflejara las necesidades de ese contexto”.

La escuela 230 de Puntas de Manga en particular es de “contexto en un barrio carenciado” explicó la secretaria de la escuela Elena Fajardo, y señaló que “los gurises de por sí tienen necesidad de libros” ya que difícilmente tengan libros en su casa. Además en el barrio “no hay ninguna biblioteca ni forma de acceder a libros” que no sea en la biblioteca de la escuela. Entonces, ante las dificultades de lecto-escritura que atravesaban los alumnos, se sumaba el difícil acceso a los libros, por eso el proyecto de inaugurar una biblioteca escolar calzó perfectamente con las necesidades de la comunidad. 

Uno de los desafíos también era crear la capacidad de mantener el espacio de la biblioteca en el tiempo, por fuera de la duración del proyecto de extensión estudiantil. Fajardo recordó que los estudiantes les enseñaron a docentes y familias “cómo clasificar los libros, cómo hacer un inventario” e incluso “las mamás aprendieron a usar la compu”. “Se armó un gran equipo” remarcó.

La maestra secretaria destacó la donación de libros otorgada a la biblioteca por parte de la Fundación Capurro, lo que les permitió “acceder a libros muy buenos y de alto costo que de otra manera hubiera sido imposible”. El ahora bibliotecólogo también resaltó la donación de la Fundación como una de las “cosas increíbles” que sucedieron en torno a este proyecto. Desde su punto de vista, también fue igualmente increíble que para festejar los diez años de su refundación hayan asistido la secretaria general de la Biblioteca Nacional, la subsecretaria del Ministerio de Educación y Cultura, la directora de la Biblioteca del Poder Legislativo, la directora de la Biblioteca de la Junta Departamental y la presidenta de la Asociación de Bibliotecólogos del Uruguay.

Revalorizar la profesión

Otra de las personas que integraba aquel grupo de estudiantes era Eugenia Rodríguez, quien ahora también es licenciada en Bibliotecología y docente en el Instituto de Información. Para ella el proyecto de extensión fue una experiencia “súper importante” y significó un “cambio de paradigma” sobre cómo concebir su profesión.

La docente y egresada de la FIC explicó que si bien la bibliotecología “no es muy conocida” y “tiene un lado tecnicista”, a partir de la experiencia en la escuela 230 pudo ver que también “cumple un rol social muy importante”. A su entender la extensión “te da una pata más metodológica”, invita a “salir del aula y aplicar lo que aprendiste” y brinda la posibilidad de dialogar e intercambiar con la comunidad. “Te hace cambiar la perspectiva y sentís que tu profesión se valoriza un montón” agregó. 

Como ejemplo, recordó su vínculo con algunas madres de la comunidad, las cuales “luego de conocernos, del intercambio y de esos sábados de mañana entre los bizcochos, el mate y los libros, se pusieron a estudiar y por ejemplo a averiguar cómo terminar la UTU”. Hoy en día son algunas de esas madres las que “siguieron trabajando voluntariamente” y mantuvieron el espacio de la biblioteca. “Haber plantado una semilla en un lugar y ver todo el progreso a partir de estos diez años es re importante” concluyó.